jueves, diciembre 30, 2004

Análisis sobre el Origen del Español Americano. Amado Alonso (español)

Amado Alonso. Otra Vez Sobre el Origen del Español Americano

Introducción.

España y los países americanos ilustran dos maneras distintas y hasta opuestas de encarar la cuestión lingüística -averiguación de antecedentes y transmisión-. Corresponden -¿qué duda cabe?- a la distinta y opuesta situación que asumen en la historia, Imperio y Colonias, y se traduce en todo aspecto: naturaleza y acontecer.

1. España desarrolló una gigantesca indagación sobre los orígenes y formación de la variedad castellana, adoptada por la corte real, y aunque dejó espacios en negro, ignorados, como la relación de las etnias peninsulares con el fenómeno lingüístico global, etc., llegó en 1493 a una descripción gramatical normativa impuesta administrativamente, tanto a regiones donde se hablaban otras variedades, inclusive una lengua tipológica y genéticamente extraña (el vasco), como a sus colonias, donde también existían lenguas milenarias de tipología y génesis ajena.
Dicha actitud no libró al ‘castellano’ de la actual crisis y disolución lingüística motivada por un vigoroso renacer de las lenguas y variedades regionales, tanto tiempo postergadas, por la asombrosa difusión angloyankee y más recientemente la unificación política europea de consecuencias todavía imprevisibles pero con indicios sofocantes.

2. Los países conquistados recibieron en América el español como lenta imposición administrativa superpuesta al infinito mosaico de lenguas amerindias relegadas a una situación desprestigiada, correlato del desprestigio - de hecho genocidio étnico y cultural -, padecido tanto tiempo por sus hablantes. No obstante hay un hecho soslayado por indigenistas como por hispanólogos y es que, maguer el genocidio, los individuos peninsulares estuvieron siempre en minoría, lo cual les impedía trasegar los códigos profundos como superficiales de su lengua. Basten los rasgos musicales - acento, curva tonal, melodía, asumidos por las distintas variedades del español hablado en América sin relación alguna con Ultramar pero sí con las lenguas amerindias en cada lugar.
Se deduce que habiendo sido los indígenas y mestizos, generalmente de madre indígena, la inmensa mayoría de la población formativa en América, son ellos quienes de hecho imponen la fuerza del sustrato en las distintas variedades del español, que bien podríamos llamar con mayor exactitud amerindio.

2.1. La Argentina comparte los rasgos recién esbozados y muestra otros propios. Así la imposición temprana del español peninsular en su variedad cortesana normativa, hasta el extremo de donar un autentico síndrome real-académico-dependiente a su extensa clase media. Otro común denominador es que, a diferencia de España, no se encaró aquí la indagación crónica y diacrónica del fenómeno lingüístico en sus hablantes mayoritarios sino exclusivamente en la pequeña elite colonial y su descendencia, sustituida por la literaria que no puede remontarse a tiempos anteriores al siglo XIX por carecer casi de objeto, material a indagar en suma. Quedaron en negro, escamoteados, tres siglos del período formativo del fenómeno lingüístico en la mayoritaria población mestiza, que bien podríamos llamar indocriolla. Los raquíticos rastros escriturarios de época, casi todos estatales, son ajenos a ese proceso del cual provienen las ignoradas variedades del español habladas en el extenso territorio nacional.
La mayoría, sino todas, las teorías expuestas hasta ahora sobre la formación del español americano, lo que Amado Alonso llama "base lingüística del español de América", parten de examinar el origen y los rasgos de las variedades de lengua habladas por los recién llegados: castellanos, vascos, gallegos, etc. Creo que esas hipótesis comparten un mismo error, y es haber ignorado que una lengua o variedad de lengua no se origina en una sola fuente sino principalmente en quienes la hablaron y hablan, en la mayoría de quienes participaron en sus realizaciones. Dicho de otro modo, cuando el número de hablantes constituye la categoría diferenciadora, quizá tenga mayor importancia el modo como hablaron español los aborígenes de lenguas quiché, guaraní, quechua, etc., que gallegos, andaluces o valencianos.
Para comprender la magnitud de esta omisión, es como si para establecer la base lingüística de la formación del español, se hubieran indagado solamente los orígenes étnicos y territoriales de cada legionario romano llegado a las costas cantábricas un siglo A.C., sin tomar para nada en cuenta la población originaria del lugar. No fue así: se estudiaron las relaciones del latín vulgar hablado por aquellos soldados, con las lenguas de cántabros, celtíberos y árabes más después. La particular manera como cada uno de estos grupos reelaboró la lengua invasora según reglas sonido-significado de las propias, constituyó el asunto central. Incluso explica luminosamente las variedades regionales adquiridas por el español en la Península.
A los argentinos no nos cuesta comprender esto cuando hemos tenido trato frecuente con extranjeros que hablan el español "atravesado". A modo de ejemplo evocaré las sonrisas de un almacenero cuando un señor italiano le preguntaba por su "yerna" porque probablemente su lengua no hace la distinción "nuera/yerno".
Resulta particularmente obvia la causa por la cual no se hizo la misma cosa en América, derivada del erróneo punto de partida aludido y es simplemente que se ignoró la existencia del "otro" o sea del hombre americano, siguiendo hasta hoy una tradición iniciada por los invasores europeos hace cinco siglos. Dicho más sencillamente ignoraron la manera como esos "otros" realizan la lengua impuesta según mecanismos análogos a los recién referidos. Repetir en América aquella rigurosa metodología que diera resultados definitivos para explicar el origen de la lengua española, suponía analizar la evolución histórica de los grupos étnicos que participaron en la formación de nuestra singularidad americana y argentina.
Entre los hechos más importantes que resalta tal indagación, el principal parece ser la proporción escandalosamente minoritaria en que se hallaron siempre y en todas partes los nativos de España respecto a los demás actores de la aventura americana: aborígenes, africanos y mestizos. Este aspecto, un lugar común del que los propios hispanos e hispanistas hacen alarde: que siendo tan pocos realizarían la hazaña de conquistar todo un Continente y someter su inmensa población, ha sido documentado por Ángel Rosenblat en trabajos de 1946 y 1954, y hallaría confirmación en el Censo realizado en 1777-78 junto con la creación del Virreynato del Río de la Plata y en otras evaluaciones demográficas.
Propongo reinsertar a los omitidos en el proceso, poner las cosas en su lugar.
La hipótesis aquí postulada lleva a desestimar las vanas discusiones que entretuvieran a la lingüística hispanoamericana durante la primera mitad del presente siglo, acerca de los orígenes de los conquistadores en distintas regiones de España, asunto de importancia secundaria en el marco de una teoría general de la lingüística americana, puesto que aquí habían seres humanos los cuales, no obstante el holocausto que padecieron siempre estuvieron en relación mayoritaria respecto a los invasores. Sin embargo ese fue el endeble fundamento de la hipótesis expuesta por Amado Alonso en 1939 y 1953 a la que me referiré enseguida. Otras teorías como la de Max L. Wagner escrita en 1920 y la de Ángel Rosenblat en 1964, no alcanzan a trascender esta limitación.
La desestimación obedece -insisto- a que la inmensa mayoría que participó activamente en la formación del español americano no fue peninsular y entonces pierden relevancia los invasores, ya que su lengua es reelaborada por actores locales. Este aspecto primordial pasó desapercibido entre otros motivos porque los autores de aquellas teorías sólo emplearon para sus descripciones y evaluación, materiales escritos. El error consistía -evidentemente y de hecho-, en que el español escrito por los conquistadores en sustancia no era americano sino peninsular. Para que este surgiera y se formara fue necesario un prolongado proceso de reelaboración oral realizado por los distintos grupos humanos que actúan en América hasta el día de hoy: amerindios, africanos, mestizos, europeos.
Ese material lingüístico casi no fue documentado por escrito, mantenido no obstante en las realizaciones orales de vastas comunidades, regiones y hasta barrios enteros de ciudades. Que no se emprendiera hasta el presente el estudio de esos testimonios orales por no hallarse editados, aunque fuera en parte cierto, no parece disculpa válida, cuando el discurso oral heredado por amplias capas de nuestro pueblo constituye la cualidad distintiva del español americano y está "en allí", al lado nuestro, incluso todos lo empleamos habitualmente. Siendo el otro, el escrito, mero trasplante, enlatado, de la Península, escasamente representativo de los usos locales, creativos.
Lo anterior ya se verifica con claridad en la investigación realizada con el auxilio de sistemas computarizados por Peter Boyd-Bowman en el español de los conquistadores anterior a 1519. Concluye este autor: "Aunque nuestros textos rindieron buen número de indigenismos, de los cuales algunos cayeron posteriormente en desuso, nos impresiona la frecuencia relativamente baja del elemento indígena dentro del texto corrido. Hasta los más comunes, como cacique, naboria, cacao, canoa, ají, no alcanzan a cambiar el carácter peninsular del español americano".
Comentario: ¿Pero es que podía esperarse otra cosa? Si hasta mucho después de 1519 el casi único contacto interlenguas se realiza mediante intérpretes aborígenes y sólo transmite léxico. Apenas había nacido la primera generación de americanos insulares hijos de europeos y esta muestra, obviamente, no los incluyó. Tampoco se habían iniciado las traducciones de rezos cristianos a las lenguas amerindias. El léxico aborigen citado por Bowman era adaptado a la fonética española, cambiando muchos de sus sonidos, impronunciables, y admitido por razones de fuerza mayor, hasta con repugnancia cuando se lo considera corruptor del español y habitado por el Demonio. Resultando casi imposible una transferencia en otros niveles de lengua como son las formas gramaticales y significados muy distintos. Porque esto es bueno señalarlo: cada lengua es una lectura particular, apropiación única e irrepetible del mundo y de la vida.
Entonces, el error de Boyd-Bowman consistió en considerar "español americano" esos documentos cuando lo único americano es el lugar donde se redactaron y en todo lo demás "español de peninsulares de visita", sometido a severas reglas prescriptivas de forma y estilo, particularmente los textos estatales, eclesiásticos e inquisitoriales (estos últimos con fuerte inclinación al latín). Totalmente distinto al lenguaje oral que se irá formando en boca de indígenas, esclavos africanos, mestizos y hasta hijos de españoles amamantados por mujeres de la tierra, producto de las relaciones entre estos grupos que -sumados-, constituyeron el 99% de los hablantes.
Por otra parte siempre ha existido la posibilidad de estudiar mediante procedimientos de reconstrucción eficaces esas variedades orales, desde su formación en el siglo XVI, en escasos pero importantes escritos de indios y mestizos. En el área quechumara se destacan casi simultáneos (hacia 1600) textos en español escritos por Felipe Guamán Poma de Ayala y Juan de Santa Cruz Pachacuti Yamqui Salcamaihua. También hubo entonces algunos testimonios en lenguas aborígenes que permiten analizar por contraste el choque de reglas sonido-significado de dos sistemas en contacto desde hace cinco siglos.
Así, la famosa "encuesta" de Huarochirí, en la parte central del Perú, documenta en 1596 el estado en que se hallaba el quechua oral medio siglo después de la invasión (1534) y los primeros contactos interlenguas.
La teoría de A. Alonso. Dice: "¿cuál es la base lingüística del español de América? Y contesto resueltamente: la verdadera base fue la nivelación realizada por todos los expedicionarios en sus oleadas sucesivas durante todo el siglo XVI. Ahí empezó lo americano."
Resalta la inconsistencia de esa proposición cuando suprime de cuajo a los otros actores, aborígenes, africanos, mestizos (mayoría absoluta), y también la de sus derivaciones, como la "ola de hidalguización", o el "andalucismo" de los invasores y la irrelevante discusión a que dio lugar. Pero quizás la consecuencia más nefasta haya sido que buena parte de esos errores trascendieran el nivel académico en el cual se formularon, para ser asumidos por la opinión pública y sus formadores, los medios de difusión. Así, es frecuente oír o leer comentarios carentes de la menor base histórico-estadística que los justifique dando por sentada una gran influencia andaluza en Córdoba.
Ya el Censo de 1813 recientemente publicado por la Universidad Nacional, muestra que los nativos andaluces eran en Córdoba menos del 1/1000 de sus habitantes. Absurdo tan aberrante es limitar lo americano a lo español que sorprende nadie le saliera al cruce inclusive en medios susodichos científicos. Leal a mi suelo siempre creeré que lo americano empieza - y algo más -, con quienes aportaron entre 14 mil y quizá más años de nuestra historia.
El español y las lenguas amerindias. Me ocuparé ahora de la famosa polémica de Alonso con R. Lenz, término este bastante inadecuado cuando la argumentación principal de Alonso la publicó después del fallecimiento de aquél ocurrido en 1938.
Lenz, lingüista alemán radicado en Chile, tras una labor exhaustiva que ocupa la mayor parte de su vida, sostiene en un voluminoso número de trabajos que el español chileno ha sido refonetizado por el araucano y que otros niveles de lengua también acusan influencia de las indígenas constituyendo el sustrato lingüístico chileno. Esta conclusión la formuló de la siguiente manera:
"Si ahora comparamos la fonética del habla chilena, tal como la he estudiado detenidamente en los Estudios Chilenos, con la araucana, aparecen - estoy personalmente convencido de ello- tantos puntos de contacto entre ambas lenguas, que creo lícito atribuir la evolución peculiar del español de Chile precisamente a la influencia de este estrato araucano subyacente. Con otras palabras: el español de Chile (es decir la pronunciación del pueblo bajo) es principalmente español con sonidos araucanos" (Cf.: Lenz, Rodolfo (1940b/1893) "Para el conocimiento del español en América", en: Alonso/Lida "El español en Chile. Trabajos de Rodolfo Lenz, Andrés Bello y Rodolfo Oroz":249; en: "Zeitschrift für Romanische Philologie, XVII, pp 188-214.)
Cabe insistir: esta obra fue realizada en forma continua desde 1883 y Alonso recién publicará su "examen" hacia 1939, en un artículo que puede ser considerado como un trabajo de carácter académico donde expone su personal teoría del español americano, fundada en la crítica de la hipótesis expuesta por Lenz. El autor utilizó después esas proposiciones en varios trabajos de divulgación.
Corresponde señalar que, salvo alguna crítica incidental formulada por Ricardo Nardi en 1976-77, la hipótesis de Alonso nunca fue objetada y menos - cosa extraña -, enriquecida por sus discípulos, quienes hace medio siglo se limitan a repetirla ritualmente como verdad revelada. Al respecto interesa particularmente la opinión de la etnolingüista Eusebia Herminia Martín hacia 1977, una forma sutil de mantener vigente la argumentación de Alonso a pesar de las falencias que la inhabilitan. Dice:
"a este influjo del sustrato indígena, se le concedió, en principio, gran importancia, hasta que en 1939 A. Alonso, en su "Examen de la teoría indigenista de R. Lenz" demostró que muchas peculiaridades del español chileno, atribuidas por Lenz a sustrato araucano, tenían explicación dentro del sistema lingüístico de Castilla. No se trataba pues de rasgos dialectales propios del español chileno, como suponía Lenz, sino que eran hechos comunes a dos dialectos: el de Castilla y el de Chile."

Comentario. Que en dos dialectos: el de Castilla y el de Chile ocurran hechos formalmente semejantes no niega que en Chile provengan del sustrato araucano, sustancia de la descripción de Lenz. Razonablemente puede sostenerse que las dos series de hechos obedecen a causas distintas en cada dialecto, en España y en América, sin que influyan entre sí. Mientras, el razonamiento de Martín induce esa inferencia difusa, que ni siquiera llega a postular explícitamente. El conocimiento adquirido en trabajo de campo por Lenz sobre la manera como el hablante araucano reelaboró el español según las reglas sonido-significado de su propia lengua, debe ser categorizado de manera distinta a los datos señalados por Alonso en el español peninsular que pueden mostrar hechos semejantes, pero obedientes a otro contexto étnico, cultural e histórico. No se entiende bajo qué regla lógica Alonso y su seguidora fundan su refutación. Fuerza es reconocer que si se deja a un lado el caso ya secular de S. Lafone y más reciente de R. Nardi, nadie indagó en la Argentina la primera relación interlenguas aborígenes-español, a pesar de los elementos de base que mencioné antes y los aportados por recopilaciones magnas del habla de los argentinos como p. e. la de Berta Vidal.
Alonso plantea implícita y explícitamente rigurosas exigencias metodológicas que debían satisfacer los estudios respecto a posibles influencias aborígenes en el español americano, condiciones que él es el primero en transgredir: concesivo consigo mismo, inflexible con los demás. Las principales:
Conocer en profundidad la lengua indígena. Era el primero en no cumplir con el requisito. Aplicándole su propia exigencia, todo lo que dice después aparece viciado de nulidad. El español realizado por hablantes indígenas desde los primeros contactos no fue tomado en cuenta por Alonso porque carecía de la más mínima competencia en esas lenguas. ¿Cómo distinguirlas? ¿Y cómo describir las modificaciones que ejercen en el español? Sin embargo tiene el tupé de exigirle a los demás tales conocimientos para realizar estudios sobre el tema.
La pretensión de que se evaluara con exactitud la incidencia de la población aborigen en regiones donde se le atribuyen influencias modificadoras del español era difícil de satisfacer, inclusive en estudios retrospectivos. Sin embargo era suficiente la proporción general de los tres grandes grupos que a fines del siglo XVI denuncian, indígenas 96%, esclavos africanos 2,41% y blancos 1,2%. Estas proporciones son demasiado sugerentes y permiten inferir que muy pronto en América el uso oral del español pasa de los peninsulares a los amerindios, africanos y mestizos de madre aborigen, quienes a fines del siglo XVI constituirán el segmento demográfico principal que hablaba español. Situación coexistente con la supervivencia de muchas lenguas amerindias hasta hoy.

Conclusiones
Si la exposición ha sido suficientemente clara y fundada (y no estoy muy seguro), las conclusiones debiera formularlas la/el lector/a. Sólo agregaré algunas observaciones. * La influencia de la crítica de Alonso a las hipótesis de Lenz ha funcionado como un disuasivo cuasi terrorista al estudio sistemático y global de la reelaboración del español por los mayoritarios hablantes amerindios, sus descendientes biológicos y culturales, mestizos, etc., a lo largo de cuatro siglos. La expresión "terror" se aplica sin atenuantes a la posibilidad de "pisar el palito" atribuyendo al contacto interlenguas amerindias-español realizaciones inequívocamente documentadas en el ambiente recién mencionado, pero que, según Alonso constituyen propiedad privada del español peninsular, agregándose que ocurrían antes del "Descubrimiento" para lograr un efecto más contundente.
Los trabajos de campo sobre relaciones interlenguas entre variedades actualmente en contacto se han multiplicado últimamente pero hasta lo que he visto, sigue pesando el terror a que he aludido. Parece como un rito referirse y aún prestar acatamiento explícito a las "condiciones" de Alonso como si éste hubiera creado un nuevo espacio jurídico, con sistema punitivo y todo, etc.
Una lamentable consecuencia ha traído esta suerte de autolimitación teorética y es la desjerarquización del asunto en sí mismo: se pierde la perspectiva de su importancia como categoría o capítulo principal de la formación lingüística en América.